lunes, 26 de junio de 2017

Pequeñas obligaciones

A lo largo del día tenemos pequeñas obligaciones, rutinarios deberes, desde levantarnos, atender el trabajo y ordenar la casa, hasta cuidar nuestro cuerpo y sanear nuestro interior.
Aparentemente son actos aislados e inconexos, pero mirado desde un ángulo superior, todo forma parte de un único proyecto humano-divino.
Esas pequeñeces en las que nos movemos son extraordinarias y únicas, porque cada momento es irrepetible. Son encuentros con nosotros mismos, donde nos formamos y aprendemos a querernos con el mismo amor que nos va a servir para amar a todos. Son aprendizajes necesarios, sin duda.
Tendemos a no dar importancia a esas “pequeñas obligaciones”, y de este modo nos perdemos horas y horas de nuestro día a día.
Dice F. Cabral: “Cuida el presente porque en él vivirás el resto de tu vida.” Nuestro tiempo siempre es aquí y ahora.
Ocurre que nos empeñamos en enderezar nuestro destino o que sucedan cosas que no tienen que suceder, ahí empleamos buena parte de nuestra energía. Pero, todo tiene su ritmo y su momento, y lo que debe ser llegará, sin que nosotros hagamos nada. Nuestros esfuerzos no sirven.
Nos conviene poner un foco de luz sobre todo lo que hacemos y para eso tenemos que echar mano de los pensamientos y actos de agradecimiento, para poder ver y resaltar la novedad que nos trae cada instante y que no nos pase desapercibido el misterio entrañable que nos habita y al mismo tiempo decide, paso a paso y con voluntad de amor, lo que va a pasar con nuestra vida.

El Padre, que sabe y ama, nos guía. Aprendamos a decir: gracias.

miércoles, 21 de junio de 2017

Nuestro motor

La ternura, como fuente de agua sanadora, limpia los malos ambientes y quita las malas caras, y nos conduce al encuentro sincero con todos, porque es capaz de derretir el hielo que tiende a instalarse en los corazones.
La pereza, la desgana, la indiferencia, nos lo ponen difícil, pero siempre tenemos libertad para elegir caminos, para recuperarnos y resurgir ante las dificultades, que están puestas ahí por algo.
Luz del mundo somos todos, aunque a veces esa luz esté escondida debajo de problemillas cotidianos o asuntos aparentemente graves.
Pienso que nuestro asunto más grave es ese superego inflado que nos acompaña y que siempre quiere llamar la atención y estar en el centro de todo.
Cuando apartamos ese yo egoísta que tenemos, todo fluye, ya no tropezamos con nada. Es entonces cuando las dificultades se convierten en oportunidades.
Necesitamos escuchar unos de otros palabras de aliento y esperanza. Alimentarnos con gestos de acogida y unión. La ternura es nuestro motor, es la llave maestra que nos hace crecer, desde que nacemos y toda nuestra vida.
Este camino hacia la armonía y la purificación no lo hacemos solos, tenemos un Maestro interior que nos defiende y nos da el impulso que necesitamos.
Nuestra tarea será construir ese espacio cercano en el que merece la pena vivir, llenarlo de la misma ternura que nos brota del manantial inagotable que llevamos y encontrar la poesía necesaria para entender el mundo en clave diferente y atrevida.

No “más de lo mismo” sino alegría y milagro.

domingo, 18 de junio de 2017

Mi casa altar

Estoy aprendiendo que mi casa es mi altar, donde yo celebro la vida cada día.
Me refiero por igual a mi casa física, mi hogar, mi familia, mi ambiente cercano, y también mi casa-tierra.
En ese altar tan querido, yo hago mis ofrendas, busco el sentido en la Palabra diaria. También pido perdón y perdono, porque la reconciliación con los demás y con uno mismo es imprescindible.
No me olvido de pronunciar mi acción de gracias a cada momento, y así me siento en comunión con todos.
Ese altar, real y simbólico, necesita estar limpio y sano, y esa es mi batalla cada día.
Una batalla contra la suciedad y los malos rollos, que siempre se organizan para ganarme el terreno, pero yo no me siento bien en ambientes sucios, y pongo todo mi empeño en no dejarme ganar.
Tomo como modelo a los religiosos contemplativos, que se dedican a cuidar con todo su cariño el pequeño espacio que les han asignado, y esa es su más grande oración.
Reconozco que no siempre consigo ese orden ideal, pero no por ello dejo de seguir intentándolo a diario. La suciedad no me deja descanso. Lucho y lucharé por ambientes limpios, en los que pueda respirar con paz.
Cada día preparo mi casa-altar para la celebración de mi propia vida. Me siento muy pequeña y frágil, pero a la vez sé que soy recipiente de lo más grande. Esa unión extraordinaria es la sal de la vida, lo que la hace apasionante y mágica.
Pongo en mi altar personal todo lo que soy, todo lo que tengo. Tú me lo diste, yo te lo ofrezco.

Todo me ha sido regalado, “a vos lo torno”.