domingo, 2 de octubre de 2011

Ser agradecidos


Si nos centráramos en dar gracias veríamos que es lo más curativo y sanador, es lo más alegre y relajante que nos puede suceder.

Dar gracias a todo lo que nos sucede: acontecimientos.

A todos nuestros miembros, órganos, partes, células: cuerpo.

A todas las personas que encontramos a nuestro paso: seres humanos.

A todas las cosas que nos hacen cómoda nuestra vida: objetos.

A toda la vida no humana con la que compartimos energía: naturaleza.

A todas las estrellas que nos acompañan: universo.

A todos los cambios de humor que nos visitan: sentimientos y emociones.

A todo aquello que no podemos explicar con palabras, pero que nos guía y da sentido a nuestra vida: misterio.

En la gratitud siempre hay apertura y trascendencia. Sólo si nos sentimos agradecidos podremos ver el brillo de las estrellas, la utilidad de las cosas, la novedad de cada amanecer, los detalles de ternura en las relaciones, la sorpresa de cada día, las oportunidades que llegan a nuestra puerta.

El que es agradecido aumenta su fuerza y saca partido hasta de sus lágrimas.

Con lo que nos haya tocado ser, demos gracias; tanto si somos débil brizna de hierba como si somos sorprendente persona humana. La vida nos alumbra, nos deja un lugar y nos protege.

Siente agradecimiento también por los problemas o dificultades, las malas experiencias o situaciones difíciles, porque son regalos de aprendizaje que sirven para tu crecimiento personal. Con la gratitud cambia la visión de los problemas y éstos se vuelven más manejables.

Está probado que dedicar unos minutos al día a dar gracias es terapéutico y cura, añade bienestar a la vida. El agradecimiento es la llave para hacernos personas grandes hacia lo hondo porque nos da confianza.

Si somos agradecidos tenemos ganas de abrazar, de bailar, de experimentar, de reír, de salir de nosotros mismos, de mirar a las estrellas y dialogar con la creación entera. Nos cambia nuestro punto de vista y recibimos una lluvia de alegría, independientemente de la circunstancia en que nos encontremos.

Porque sólo entonces saboreamos la presencia de nuestra fuente y rozamos con nuestros dedos sus delicadas y mágicas aguas llenas de amor y atención hacia nosotros.

El secreto de la gozosa madurez de la persona es vivir dando gracias.

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