domingo, 28 de agosto de 2011

A semejanza nuestra


Dios no está sometido a la manera de ser del hombre. No obra porque el hombre le corresponda, o porque se porte bien.

Muchas veces pretendemos comprar a Dios, ser buenos para conseguir sus favores. O, al contrario, cumplir preceptos para que no nos castigue. Pero él no está sujeto a nuestra volubilidad, a nuestras rachas mejores o peores.

No está al acecho de nuestros pecados. Dios no condena a nadie. Su bondad no tiene ningún límite, no hay fisuras en su amor. No es repartidor de premios o castigos.

Las buenas acciones de los hombres no aceleran la acción de Dios, ni las maldades la limitan. No está sometido a nuestros altibajos. Somos nosotros los que queremos hacer un Dios a semejanza nuestra, con nuestros atributos, sujeto a la pequeñez humana, a nuestra estrechez de miras.

Todo es su manifestación. Dice Tagore: “Tanto si Dios permite el infortunio como si prodiga el alborozo, debería despertar en el corazón del hombre idéntica gratitud.”

Arrodillémonos ante su obra, que es nuestra vida tal como es.

Si pudiéramos comprender que por el simple hecho de nacer ya nos ha tocado el mayor premio, veríamos que todo lo demás son añadidos artificiales, que no afectan a lo esencial: somos amados y vivimos ya en la eternidad del amor. Y todos los sinsabores son insignificancias, comparados con este misterio. “Cuanto te reprime e inquiete es falso. Como fuente de energía y criterio de verdad usa todo aquello que te llene de paz” (Theilhard de Chardin)

De verdad, miremos esos problemas tan grandes que nos perturban, que nos sacan de nuestras casillas, mirémoslos cara a cara… ¡No es para tanto! Somos un poquillo exagerados a la hora de protestar. Tenemos un ego más grande que el más alto de los edificios. Aparquemos un rato nuestro afán de protagonismo, de notoriedad, de ser el que más sufre, el que más sabe, el más honesto. Nos domina la susceptibilidad. ¡Ay de quien dude lo más mínimo de nosotros, de nuestro buen hacer! Ahí es donde perdemos los estribos rápidamente, “con el ego hemos topado.”

Mejor apearnos del carro de las apariencias, y dejar el mérito de todo lo que sucede al único actor del universo, los demás somos minúsculas partículas a los que se les ha dejado prestado un corazón y una consciencia para disfrutar.

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