miércoles, 17 de agosto de 2011

Cuando los pajarillos


Cuando los pajarillos rezan

sus oraciones de la mañana,

cuando la hierba se siente fresca,

la brisa nueva

y humildemente el sol se asoma.

Cuando la luz del día

pone en su sitio las flores bellas

y las hojas muertas,

cuando de nuevo el cuerpo se pone en marcha

y todo empieza,

puedo contemplar el espectáculo

siempre increíble de la belleza,

y es el mejor momento

de declarar mi amor a toda la tierra.


Cuando las horas pasan y se atropellan,

el sinsentido se vuelve el amo,

el mundo entero manda en mi cuerpo

y la ceguera se instala y reina.

Cuando me olvido de que respiro,

que Dios es bueno

y es mi centro,

y me siento extraña

entre las fuerzas del universo,

en plena bruma

pierdo mi norte y mi horizonte,

y en cada cruce me desoriento.


Cuando las hierbas de los caminos

bailan conmigo,

me siento hermana privilegiada

de lo pequeño y de lo divino,

y acompaño emocionada

a la luz y al agua

hacia sus destinos.

Cuando las fuentes se vuelven claras

y brotan hondo y sueñan alto,

y los paisajes me cuentan en el oído

sus alegrías y sus tristezas.

Y si nada me distrae de mi confianza

y de mí mismo,

entonces doy pasos pequeños

que son mi danza

y en las orillas de los abismos

me brotan alas.


Cuando la siembra que recojo es excesiva,

y lo que mastico se me transforma

en abundante palabra y en maravilla.

Cuando los astros se alinean

para informarme

y me pasan de mano a mano

sus enseñanzas y sus mensajes

me convierto en mediadora ilusionada,

y portadora de la noticia de la esperanza.


Cuando la savia que me alimenta

es mi aliada,

mi compañera es la belleza,

y me amamantan las energías

más bondadosas,

todos los seres a los que miro

sueñan conmigo,

porque mi fuerza es contagiosa.

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