Todos en algún momento acariciamos en lo hondo el gozo o dulzura de vivir. No tiene nada que ver con que las cosas nos vayan bien, está al margen de todos los vaivenes de la vida, es como una caricia de paz interior y pura alegría que nada nos puede quitar.
Esa dulzura tiene que ver con el amor, que siempre es profundidad y va unido a la esperanza. Y se saborea cuando nos paramos, nos silenciamos y apreciamos los dones que la vida nos ofrece. Somos más humanos cuando somos capaces de vivir la dulzura de cada instante. Y cuando, de modo natural, transformamos ese gozo en gratitud.
A veces pensamos que la fuerza se expresa con gestos duros y severos, sin embargo eso es más bien debilidad. En cambio, la mirada compasiva y la ternura son pura fuerza interior porque es lo que nos mantiene unidos a lo más profundo de nuestro ser donde está el océano de calma que sostiene nuestras vidas. Se expresa en pequeños gestos que iluminan el mundo, y nos impulsan a caminar.
Hay cosas que solo se pueden hacer con amor y con paz, ni con dinero, ni con poder, ni con exigencias. Y son precisamente las cosas más importantes, las que nos enseñan a ser personas auténticas.
En realidad, la única asignatura pendiente siempre es el conocimiento de uno mismo. Para ese aprendizaje necesitamos experimentar esa dulzura de vivir, también llamada paz interior, para a su vez poder compartirla, comunicarla, contagiarla a otros.

1 comentario:
" La dulzura de vivir tiene que ver con el amor, que es profundidad y siempre va unido a la esperanza" Hermoso Conchi.
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