Aprender, con cada respiración y cada experiencia. Estoy sentada en el aula de la vida, donde hay lecciones preparadas especialmente para mí. Cuento con todas las ayudas para asimilar las enseñanzas, a mi ritmo, sin forzar los acontecimientos. Aprendiendo siempre a fluir. A veces cuesta porque el ego es un gran personaje, a quien tengo que alimentar
y siempre me pide atención.
Revolucionar mi casa y mis seguridades, tantas actitudes que pueden ser un lastre. Desaprender inercias y rutinas: lo que no se puede tocar ni variar, lo que siempre he hecho, lo que es mío porque sí. Yo, yo y yo.
Cuando intuyes que algo te está pidiendo la vida, cuando dialogas con lo que te sucede, y sabes que todo es para algo. Cuando reconoces que eres guiada, en el momento oportuno te llegan consejos: “Desarrolla una mente que sea amplia como el espacio, donde tanto las experiencias agradables como las desagradables puedan aparecer y desaparecer sin conflicto, sin lucha, sin sufrimiento.” (M. Nikaya).
Aprender y desaprender, todo a un tiempo. Quitar y poner al son de todos los vientos, favorables o no, y de tantas energías amigas que hasta cada uno de nosotros llegan. Porque nunca hay que olvidar que la vida está a nuestro favor.
No cerrarme a tantas ayudas y tantos avisos. Seguir las indicaciones de mi corazón agradecido y asombrado. Vivir con ojos y manos abiertas para, sencillamente, dejarme hacer por la sabiduría que no deja ningún día de manifestarse ante mí para guiarme y declararme su amor.






