Somos deseo, expectativa y búsqueda, grito y herida que hace su camino. Unión de amor y de inquietud, de luz y de sombra, todo junto y todo necesario.
Con la mirada de la fe, cada paso, cada día, nos acerca al descubrimiento de que somos amados, cuidados, guiados hasta el mínimo detalle. Esa mirada se nos regala y es decisiva para sentirnos bien. Ya no vamos sin rumbo por el universo, estamos aquí con un objetivo y hay una voluntad de amor detrás de todo. De todo, hasta de lo que no podemos entender. Todo tiene un sentido que se nos escapa. Por eso, no queramos descifrar lo que es imposible, ni decir lo que conviene o no. No nos empeñemos en ser pequeños dioses, que de todo dictan sentencia, juzgan y condenan.
Nada poseemos en el mundo, todo lo recibimos como préstamo, el amor, la alegría, la confianza, la sensibilidad, con el fin de ponerlo en circulación y al servicio de la vida cotidiana.
Trabajamos nuestro corazón, de un modo más o menos consciente, y aprendemos a arar nuestra tierra, para que salga la buena energía que habita en lo hondo de nuestra persona.
Somos ignorantes y a la vez llevamos la sabiduría incorporada y la usamos en lo pequeño de cada instante, en todas las buenas intenciones y los gestos de cercanía y unión, y también cuando la vida nos pone al límite. Porque, aunque a veces esté oculta, la bondad existe en cada corazón, y esa siempre es y será la mejor noticia.






