El presente es nuestra gran oportunidad. A lo largo del día y de los días hay que buscar momentos en los que parar y encontrarnos con nuestra respiración, nuestro cuerpo y nuestro propio ser, descuidado tantas veces.
Sencillamente respirar, sin proyectos, sin expectativas ni prisas, para valorar y agradecer la existencia, para sentirnos vivos. Si no lo hacemos así nos pasa la vida sin darnos cuenta, tan solo pendientes de las faenas de cada día y de lo que tenemos que hacer en el momento siguiente.
Vivir sin estar atentos nos lleva a un no-vivir continuado. Donde parece que hay vida, solo mantenemos la inercia de cada rutina.
Puede ser que cueste detenernos y dedicar unos minutos a respirar confiadamente, sin más. Poner atención a ese presente (que es un presente, un regalo), que se nos entrega y se abre siempre la posibilidad de sentirlo y de agradecerlo, separándolo de las corrientes y las turbulencias que nos empujan y no nos dejan saborear lo que hay en cada instante.
Siempre somos torpes para ese encuentro con nosotros mismos. No estamos acostumbrados y además pensamos que no lo hacemos bien. No importan las valoraciones que hagamos, no nos dejemos llevar por el desánimo. Tan solo hay que mantener la decisión de hacerlo. Quien no sabe estar consigo mismo no sabrá estar con los demás.
Aprender a conectar con la gratitud y con la calma, hasta llegar a experimentar que aún en medio del sufrimiento puede haber una gran serenidad que nos hace sentirnos bien. Es decir, aunque las cosas vayan mal, podemos estar bien.
La atención amorosa y el cuidado de la vida no pueden faltar en el presente, nuestro gran regalo.






