La ecuanimidad es la base de nuestro actuar equilibrado. Se puede comparar con el fondo en calma del océano, al que no le afectan las tormentas que se suceden en la superficie.
Es el centro estable de cada uno, necesario para avanzar, crecer y no quedar estancados en la pura impulsividad que nos dirige y nos esclaviza. Es nuestro equilibrio interior, el que nos lleva a afrontar la vida manteniendo la calma a pesar de las dificultades y los imprevistos de cada día.
Todo esto va unido a la aceptación y la elección consciente, que nos lleva a hacer lo que consideramos que tenemos que hacer, sin estar pendientes del resultado de nuestras acciones. Esto supone un trabajo de desapego y libertad.
Solucionar los conflictos dentro de nosotros y no provocar tensiones innecesarias. Los sentimientos negativos los generamos nosotros mismos, por eso hay que buscar su resolución dentro.
Se trata de hacer fácil la vida, no de complicarla con agobios, durezas, disgustos, enfrentamientos. De mirar con ojos nuevos para poder construir nuestra existencia retirando lo que no nos sirve, abrir sendas de esperanza donde parecía que había montañas inamovibles.
Y crear pequeños oasis de ternura allá donde estemos, para poder estar atentos al latido de amor que vive en todo.
Que la calma y la bondad de nuestros corazones pueda despertar en las personas esa misma ternura y bondad que está en todos. Esos son los tesoros que entre todos tenemos que sacar a la luz.






