Vivir bendiciendo o vivir quejándonos. Podemos elegir, tenemos libertad. La queja se incorpora de un modo tan sutil en nuestras vidas que sin apenas darnos cuenta podemos estar inmersos en ella.
Un corazón que bendice siempre se inclina hacia la gratitud y la alabanza. Encuentra motivos de gozo y de esperanza, aún en medio de dificultades y oscuridad. Es un corazón que no depende de que las cosas vayan bien o mal sino que trabaja su interior y encuentra la fuerza necesaria para vivir con sentido desde dentro.
Con pequeñas y continuadas decisiones podemos cambiar nuestra vida en el sentido que queramos darle.
Se vive por dentro, donde está nuestro centro de decisiones y ahí recargamos la confianza necesaria para vivir agradecidos. Todo esto es un proceso que requiere una vida entera, no es de un día para otro. Y supone una firme voluntad de encontrar sentido a este misterio en el que vivimos.
En este terreno nadie tiene ventaja respecto de los demás, todos estamos en el mismo punto de partida cada día: el no saber y la fragilidad. Y cuando uno ignora y se siente frágil, ignorante, vulnerable, solo hay una salida: confiar. Dar el salto a la confianza agarrándonos a las ayudas que siempre llegan y a la buena energía que nos impulsa a vivir.
Con la queja no avanzamos. Bendecir es el camino, “decir bien” de todo. Que lo que salga de nuestro corazón y nuestra boca sean buenas palabras para nosotros mismos y para los que nos rodean. ¿Somos capaces?






