No nos damos cuenta del legado recibido, de la sabiduría que llega hasta este momento a través de todos los siglos, de la luz de las palabras y los gestos que salen de tantos corazones y llegan hasta cada uno de nosotros.
La buena energía atraviesa espacios y tiempos, al encuentro de todos los seres que habitamos la tierra y vamos en todo momento buscando la luz y, en tantas ocasiones, a la deriva.
Pasamos superficialmente sobre el regalo que supone vivir, no lo valoramos, no lo cuidamos. Ignoramos que en todo hay un sentido. No nos han enseñado a profundizar en los tesoros que nos habitan, sin embargo, estamos a tiempo. Porque ahora es siempre el momento oportuno de nuestro propio despertar, es decir “de atravesar el centro de nuestra nada y entrar en la realidad infinita donde despertamos como nuestro verdadero yo”. (T. Merton)
La energía divina que es nuestro único motor, nos hace ir dando pasos, de un descubrimiento a otro, de revelación en revelación.
Es curioso que todo sucede sin esfuerzo cuando hay amor, porque este brota de modo natural de su fuente que está presente en todo y es inagotable. Todo es su canal.
Lo que damos vuelve a nosotros, y cuando amamos, nos amamos. Ese es el camino. Facilitar la vida con el amor que sale de nuestros corazones. Y no importa si somos pocos o muchos los habitantes del planeta con esa revelación entre nuestras manos, tenemos el encargo de depositar ese mensaje a nuestro paso, en nuestras tareas, encuentros, proyectos, trabajos.
La transmisión de ese legado recibido nos da sentido y es la misión de cada uno de nosotros.






