Cuando no entendemos nada del porqué de nuestra existencia, ni sabemos dar explicación última de todo, pueden surgir dos caminos. Uno es instalarnos en la desconfianza, lo que nos lleva a sentirnos mal. El otro camino es confiar, decir amén, sí a la vida. Confiando se armoniza y serena nuestro interior, incluso sin tener certezas, sin otro anclaje que la propia decisión. Es dar un voto de confianza, expresar un “sí quiero” en nuestro hacer de cada día.
Cuando algo nos interesa realmente, “vamos a por todas”, no dejamos pasar ninguna oportunidad de obtener nuestro objetivo. Buscar el sentido a esta vida, a la que se nos ha invitado sin pedirnos permiso, es una apasionante tarea que ocupa cada momento y cada una de las cosas que hacemos.
La grandeza de vivir a todos alcanza y siempre está presente, solo hace falta nuestro sí para saborearla y ser conscientes de tanto don. Sin embargo, a veces pasamos los días distraídos, sin saborear lo esencial.
La mejor manera de empezar a cambiar es teniendo el corazón agradecido, lo que siempre nos lleva a experimentar más alegría. “La clave de la alegría es mostrar bondad incondicional hacia la totalidad de la vida, incluso la propia” (D. Hawkins). En cualquier circunstancia, por terrible que sea, está a nuestro alcance cuidar la vida, ser bondadosos. Ese es el maravilloso poder interior del que disponemos.
Liberémonos de todo lo que quiere robarnos la serenidad. Todo lo que ocurre es oportunidad para que pongamos fe y confianza en lo humano. La vida tiene sabiduría infinita, es una base de datos de la que nos alimentamos, aprendiendo de lo que nos sucede. Nada es azar.






