Todos hacemos lo que creemos que es mejor en cada momento y vamos cambiando a lo largo de la vida, por eso, lo que nos pareció adecuado hace tiempo no es lo que haríamos en el momento presente. La vida nos ha ido enseñando a base de momentos felices o de tropiezos, todo suma en nuestro aprendizaje.
Todo empieza a cambiar cuando se amplía nuestro nivel de consciencia y nos damos cuenta de que tenemos poder de decisión, podemos elegir todo de nuevo: cómo me quiero sentir, cómo quiero reaccionar, lo que quiero decir o no, cómo gestiono cada situación.
Esta libertad se aprende poco a poco, cuando ponemos una nueva mirada en nuestra vida y no nos dejamos arrastrar por el primer impulso que aparece, que puede romper la armonía y traer conflictos en nuestra convivencia.
A veces mantenemos de modo más o menos consciente conductas negativas, porque hay una satisfacción oculta en sentirse víctima y atraer la simpatía y el favor de los demás.
Sin embargo, con el paso del tiempo, en nuestras relaciones ya no cabe todo, ya tenemos otros valores y no estamos anclados en el individualismo o en la superficialidad. Buscamos ser coherentes en nuestras acciones y vivir la vida que queremos vivir, la que elegimos desde el discernimiento y desde el corazón. No todo vale, porque ya hemos iniciado una nueva manera de caminar.
No hay vuelta atrás, nos hemos sentido amados, hemos saboreado la libertad y no podemos vivir sin la paz de las entrañas. Puede haber avances y retrocesos, por supuesto, pero nuestra intención está enfocada en mirar hacia la luz y caminar agradecidos y con alegría desde el amor y el servicio.

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