Llevamos a cuestas nuestra vida, con sus quejas, enredos y miedos. Con sus anhelos, alegrías y sueños. Y vamos con prisa, tenemos que llegar. Siempre tenemos que llegar a algún sitio, tenemos que terminar el día, la frase, el camino.
A su tiempo, lentamente, con avances y retrocesos, vamos aprendiendo a abrazar lo que ya somos, sin juicios ni etiquetas. Y a llegar a donde ya estamos. Nuestro destino siempre es el presente: aquí y ahora.
Es tan incomprensible el misterio de la vida, tan inalcanzable. Desde nuestra ignorancia y pequeñez solo está en nuestra mano poder decir cada uno con su intención y sus actos: “Hágase”. Esa es la manera de expresar la aceptación que necesitamos.
Y también todos podemos repetir, con las palabras tantas veces escuchadas: “El Señor ha puesto sus ojos en mí, ha hecho en mí grandes cosas, santo es su nombre”. Ese mensaje también es para cada uno. Siempre lo podemos hacer nuestro y expresarlo desde un corazón agradecido y orante.
Qué importante es valorar ese milagro que es vivir, dedicarle nuestra atención y cuidado, poner en ello lo mejor de nuestra persona y estar atentos a lo excepcional de cada momento. Es necesario centrar nuestra atención que tiende a estar en muchos sitios a la vez.
Cuando conectamos con el momento presente y nos situamos en el aquí y el ahora, entonces podemos acceder de un modo natural a la calma y la plenitud que somos, que siempre nos está aguardando.

2 comentarios:
Me gusta lo de que “ El Señor Ha Puesto Sus Ojos En Mi”
"El Señor ha puesto sus ojos en mi" me encanta y me recuerda que me conoce por mi nombre.
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