domingo, 2 de abril de 2017

Tiempo de oración

Siempre nos sienta bien el tiempo de oración. Es como la comida para el cuerpo, como el oxígeno para las células. Es imprescindible para sentirnos personas en lo hondo.
Al decir oración no me estoy refiriendo a repetir letanías o rituales superficiales, sino a estar plenamente presentes en nuestro proceso vital, dialogantes con lo más puro que hay en nosotros, anhelantes en nuestro silencio más íntimo y enamorados del misterio que nos ha traído hasta aquí.
Decía Santa Teresa de Jesús: “Orar es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama.”
Es un encuentro de amistad, de tú a tú, en el que nos sentimos bien. En el que también hay lugar para los enfados, a veces la vida es dura y también es de amigos decirse las cosas cara a cara, sin mentiras ni edulcorantes.
En la soledad y el recogimiento expresamos lo que sentimos, sabiéndonos amados infinitamente en cada una de nuestras manifestaciones. Ese es el punto principal: el sentirnos amados. La oración es un verdadero regalo, es lo que Dios hace en ti para que te des cuenta de su amor.
De muchas maneras se puede orar. Unas, con palabras, otras, con la contemplación agradecida y silencios llenos.
También existe la oración de petición, de la que abusamos muchas veces. Tenemos una necesidad compulsiva de pedir, cuando en realidad no sabemos qué nos conviene. La petición más acertada será: “que se haga tu voluntad”.
1Ts 5,16-18: “Estad siempre contentos. Orad en todo momento. Dad gracias a Dios por todo”. El apóstol nos invita a la oración ininterrumpida

Que seamos capaces de seguir estos consejos de orar con gratitud y alegría.

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