domingo, 17 de marzo de 2013

El miedo


El miedo es un impedimento. Se puede comparar a unos barrotes que nos dejan atrapados, impidiéndonos avanzar, elevarnos, esperar, soñar, saborear los cielos que están a nuestro alcance.

El miedo es nuestro gran obstáculo porque nos hace dudar. Y con las dudas, nos hundimos. Cuentan que Pedro comenzó a caminar sobre las aguas en dirección a Jesús, como tenía confianza absoluta vivía el milagro de su vida, no pensaba en él mismo sino que su mirada estaba fija en su Amigo, se fiaba de él: podía con todo, hasta caminar sobre las aguas. Pero sucedió que, al notar la fuerza del viento, al llegar las primeras dificultades, perdió la confianza, sintió miedo, y se hundió. Entonces se desesperó y se puso a gritar, angustiado.

Es un ejemplo para decirnos que podemos caminar sobre las aguas, podemos mantenernos serenos por encima de todas las cosas que nos suceden: mejores o peores. De todas.

Podemos andar con equilibrio, con sentido, cuando no nos miramos a nosotros mismos sino a un punto fijo: el amor, la bondad, la armonía. O a la figura de Jesús, para los que somos creyentes.

Si le damos más importancia a los peligros que nos acechan, a las cosas malas que nos suceden o nos podrían suceder, a todas las situaciones amenazantes que nos rodean, nos hundimos en la ansiedad, la desesperación, la incertidumbre. Eso es el miedo.

El miedo nos roba la confianza, y también la alegría. Nos hace malvivir, cerrándonos la puerta al equilibrio y la paz interior.

Escuchemos los mensajes de calma que nos llegan con la vida, con los paisajes, con las personas queridas, y con los encuentros más casuales.

Alguien se comunica con nosotros a través de infinitos cauces, y quiere quitarnos los miedos para que saquemos lo mejor de nosotros mismos y vivamos como seres plenamente humanos.

Solo con una base de estabilidad podemos actuar en favor de otros.

Es importante tener las cosas claras, que pensemos en el sentido de nuestra vida: para qué estamos aquí. Y que luchemos por lo más esencial: nuestra armonía. Y que en cada persona, paisaje, situación, circunstancia, busquemos el mensaje que viene destinado a nosotros. Eso es abrir los ojos y los oídos a la trascendencia, al Ser Infinito que nos habla.

Cuando se encuentra un objetivo por el que luchar, la vida se vuelve más fácil, más gratificante. Nos mostramos más motivados y optimistas, interesados e innovadores en todo lo que nos sucede.

En resumen: se vive mejor confiando.

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