miércoles, 5 de diciembre de 2012

Una sola vida


Demasiadas cosas nos están impidiendo la paz: nos agitan, nos angustian, no nos dejan disfrutar de nosotros mismos y de todo lo que existe. Debajo de las preocupaciones tenemos a la confianza amordazada, inutilizada.

Estamos tensos y temerosos, como conejos en sus madrigueras. Como animalillos que se han acostumbrado a vivir debajo de la tierra y se pierden el milagro de los amaneceres y de las estrellas incontables.

¿Tan difícil es salir de nuestros escondrijos y mirar a la vida con confianza? ¿Tan imposible es saber que estamos en las mejores manos?

No nos conformemos con vivir amedrentados, a medio gas, seamos exigentes con nosotros mismos y a la vez miremos con extrema benevolencia nuestros fallos.

No nos quedemos mano sobre mano, estamos aquí para servir al ser divino que se acerca a nosotros adoptando infinitas formas diferentes: camuflado en los paisajes, a plena luz en las miradas y en los gestos humanos. Y para nuestra plena realización no nos sirve la amargura, ni el resentimiento, tampoco la indiferencia ni el aburrimiento.

Si limpiamos el corazón y abrimos las puertas para recibir a nuestro amigo, la energía más poderosa se asentará en su casa que es mi ser más íntimo, y a partir de ese momento los deseos se harán realidad y los milagros ya no estarán escondidos.

Y esa será nuestra diaria aventura, cada día adentrarnos más en la maravilla de la creación, en la magia del misterio que significa existir. 

Tenemos una sola vida, que es una puerta abierta al infinito de nuestros deseos. Y dentro de esa vida está todo lo que necesitamos para nuestra formación completa, para volver a nacer como personas agradecidas.

Ya está bien de sentirnos prepotentes, autosuficientes, seres egoístas y aislados. Ya es hora de que seamos hermanos cariñosos y solícitos de todo lo que ha sido creado.

Se vive más a gusto así, siendo amante y tolerante hasta el extremo, no llevando en cuenta los fallos ni metiéndonos a juzgar o a condenar a nadie. De esta manera estaremos cuidando a nuestro huésped divino, que se sentirá en su casa y podrá asomarse en nuestras sonrisas y manifestarse a través de todos nuestros actos.

Dejémosle expresarse abiertamente, alegremente.

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