domingo, 23 de octubre de 2011

Tener miedo


Tener miedo nos hunde, nos desestabiliza, no nos deja ser personas. Cuenta el evangelio que un amigo de Jesús iba hacia él caminando sobre el agua, al notar la fuerza del viento, tuvo miedo y comenzó a hundirse.

Comenzó caminando con confianza plena, sin dudar ni un momento en su amigo, sin pararse a pensar que es imposible caminar sobre el agua; pero con los primeros contratiempos le vino el temor, se dio cuenta de su locura, de su situación anormal a los ojos humanos, y esa pizca de duda, esa sombra de desconfianza, fue suficiente para no dominar la situación, para sentirse débil e incapaz, y para hundirse en las aguas y acabar pidiendo auxilio.

Todo está a favor nuestro. En el paquete de cada problema viene su solución, no lo dudemos. Un padre, una madre amorosos, no pueden dejar a sus hijos abandonados en una enorme galaxia, en un universo extraño. Si creemos en el amor, eso no puede suceder.

Ya sé que cuando uno está metido de lleno en el problema, no le puedes ir diciendo que lo que le sucede es para bien, te mirará asombrado y enfadado, y pensará o dirá: ¿Qué me estás contando? ¿Tú estás bien de la cabeza?

Sólo cuando pasa el tiempo vemos que es cierto. Cuántas veces mirando hacia atrás, con el paso de los años, vemos cómo lo que parecía torcido está recto, y cómo todo ha tenido un sentido que en aquel momento era para nosotros imposible descifrarlo.

A las personas que me escuchan, que leen estas líneas, y que atraviesan situaciones difíciles, sólo les diría: “¿Sabes que Dios te quiere?”

Es la pregunta clave. Cuando hago esta misma pregunta a alguna amiga cercana que pasa por una situación difícil, se le saltan las lágrimas. Su confianza está dañada. Por eso se siente tan mal, y se hunde en las aguas de sus problemas, y no ve más allá de lo que le sucede.

Jesús le dice a su amigo, el que se está hundiendo en el agua: “¿Por qué tienes miedo? ¿Por qué dudas de mí?”

Y esas palabras son también para ti y para mí.

Siente la seguridad de que estamos guiados y ayudados siempre.

Siente su mano firme y su mirada amorosa puesta en ti.

Siéntete poderoso, porque la fuerza del universo es tu misma fuerza, y el amor más grande tiene su casa dentro de ti, ríe y sufre en ti, respira y camina contigo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿Qué hay más grande que esta enseñanza? DIOS ME QUIERE.

M A R A V I L L O S O

Te quiero mamá.