domingo, 30 de octubre de 2011

Reflejo de luz





Somos seres ignorantes dentro del misterio. La certeza más grande que tenemos es que no sabemos nada. Cuanto más nos adentramos en las sendas interiores menos entendemos. Nos quedamos sin palabras, sin razones.
Nos moldean las circunstancias que a cada uno le tocan, nos equivocamos hasta el infinito y tropezamos toda la vida en la misma piedra: la del yo.
Yo, el mejor; yo, el que tiene razón; yo, al que nadie puede juzgar; yo, superior a los demás; yo, que sí puedo juzgar; yo, que comprendo más que nadie, pero a mí qué poco me comprenden; yo, el que hace planes sin parar; yo, buscando mi felicidad en lo externo; yo, distraído y ajeno a lo importante.
Tenemos la suerte de tener un creador que es padre compasivo y madre amorosa. ¿Y de quién se ocupan los padres con preferencia? De los hijos más necesitados y débiles.
¡Pobres de nosotros si nos creemos mejor que algún otro! Sólo somos un asombroso reflejo de aquello que es luz. En nuestra oscuridad, sus rayos amorosos nos inundan, nos traspasan, nos hacen llegar su presencia, su armonía y su mensaje, se encargan de instruirnos, formarnos, aconsejarnos.
Si bien podemos entender que el misterio y la belleza se manifiesten en el paisaje y en la flor, en el amanecer y en las lejanas estrellas y hasta en algunos seres humanos escogidos, en cambio nos es difícil asumir que todo, absolutamente todo, sea manifestación suya, incluso las personas más antipáticas, incluso nosotros mismos. En el momento que seamos conscientes de esto, comenzaremos a mirar con los ojos de Dios, a tocar con sus manos y amar con su corazón, porque él es la energía que nos levanta de la tierra y nos mueve.
Toda la creación rebosa de esa fuerza pero nosotros somos su lugar escogido y privilegiado. Jesús lo dijo: “El Padre y yo somos uno”.
Cambia la vida radicalmente si pensamos que somos espacio sagrado y único.
El primer cambio es que, de modo natural, miraremos todo con amor.
El segundo cambio es que nos inundará la alegría. Una alegría duradera que no dependerá de los acontecimientos externos.
El tercer cambio es que tendremos muchas ganas de transmitir esa alegría.
Y el resultado final será siempre la paz interior.

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