miércoles, 13 de julio de 2011

Repartir agua del río


Todos los seres humanos repartimos de ese agua, a manos más o menos llenas, de un modo más o menos consciente.

La carga de amor que llevamos entre nuestras manos y que nos atraviesa la piel, no es nuestra, la recibimos y la repartimos.

Hay imágenes que hablan por sí solas, que expresan tan claro que llegan a impactarnos: Unos discípulos le preguntaron a su viejo maestro qué iban a hacer ellos cuando él muriese. El maestro les contestó que él lo único que había hecho a lo largo de su vida era repartir agua del río. Y cuando él se hubiese ido, esperaba que se fijasen en el río, que se dieran cuenta de que existe.

Toda la cadena de pequeños favores que mueven la vida de los humanos, son el agua del río, que repartimos y se nos reparte.

Toda la belleza que nos dan los paisajes es el mismo agua de ese río que todo lo inunda.

Ese río de aguas poderosas y a la vez humildes, nos necesita para que su frescor llegue a todos. Podemos estancar, poner presas que impidan su paso, y también podemos abrir compuertas para que sus aguas empapen todos nuestras acciones, trabajos, encuentros y soledades.

Porque lo único que importa de nosotros es que trasportamos agua del río, es lo que nos hace vivir en la trascendencia y en la plena Realidad.

Es un privilegio darse cuenta de que repartimos esas aguas, ser conscientes de ello, y poner nuestra vida a su servicio.

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