domingo, 26 de junio de 2011

Un ojo sano


“La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tendrás luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras.” (Mt 6)

“El ojo” es nuestra manera de mirar el mundo. Según miramos, tenemos luz o tenemos oscuridad.

Un ojo sano ve la bondad allá donde esté, descubre la belleza aunque esté escondida, saborea la vida aun en medio de las dificultades que nos acompañan siempre.

Hay personas que en todas las situaciones aprecian detalles que quizá otros ni ven. El otro día un entrevistador preguntaba a una de esas personas: “¿En qué barrio vive usted que le suceden todas esas historias tan bonitas?” La respuesta sería: que viven en el mismo barrio que nosotros, pasan por las mismas calles y las mismas situaciones que el resto de los mortales, pero tienen sus ojos encendidos como lámparas, por eso ven lo que otros no pueden ver aunque lo tengan al lado.

Es muy saludable que nos abrume el deseo de ver. Tener ganas de gritar: “¡Que yo vea!” Cuando en lo más íntimo lloramos por ver, realmente ya estamos viendo, ya empezamos a apreciar los detalles de ternura tan entrañables que encontramos en todos los rincones en que nos movemos. Y comenzamos a vislumbrar entre la bruma la intención que todo lo mueve.

Y puede ser que la gente al vernos empiece a preguntar: “¿Tú dónde vives?” O quizá en tono más despectivo: “¿Éste de qué va?” Porque para el que está en completa oscuridad, es una locura la luz, les es imposible entenderla.

“¡Que yo vea!”. Este deseo instalado en el corazón es el paso previo y necesario para que tengamos la lámpara de la inquietud encendida. Es el cimiento de nuestro “estar diferente” en el mundo.

Las personas que ven con otros ojos a veces son motivo de mofa, son incomprendidas; pero hay que reconocerles un entusiasmo particular por la vida. Aquel que vea las cosas de modo diferente, con ojos nuevos, que “pase” de las opiniones ajenas, de las críticas. Hay burlas que son envidias encubiertas.

Todos los caminos son respetabilísimos y adecuados. Aceptémonos y ayudémonos unos a otros, porque compartimos vida, energía, amor y muerte; y todas ésas son razones de peso.

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