miércoles, 22 de junio de 2011

Nuestra formación


En nuestro camino espiritual nunca llegamos a un estado de seguridad, de máximo saber, de ser o de sentirnos superiores. Lo único que alcanzamos a intuir cada vez mejor es la esencia que todo lo habita, y que nos llama y nos mueve.

Para recorrer mi camino espiritual y personal, tengo que conectarme conscientemente con lo más profundo que hay en mí, con mi ser, y dedicar un tiempo a prepararme, es decir, regar diariamente el arbolito de mi interioridad.

Es lo que tiene ser humano, siempre estamos en camino, en proceso, en inseguridad. Nunca podemos decir: ¡lo conseguí, ya he llegado!

Por eso es importante la formación, la preparación, el masticar o rumiar debidamente los acontecimientos, las lecturas, los disgustos, las situaciones y sacarles el provecho necesario. Todo está por algo y para algo. Todo nos añade una pieza a la construcción de nuestra persona.

A medida que vamos resolviendo nuestro propio rompecabezas, estamos más disponibles para salir de nosotros mismos y ayudar, para tender una mano al que lo necesita.

Nuestra existencia es un parto prolongado, en el que hay épocas en que parece que no avanzamos hacia la luz. Sin embargo, otras veces nos ocurren cambios que son como cataclismos en nuestra vida, y a lo mejor están provocados por una simple frase de un libro que va destinada como un dardo hacia nuestro corazón; o por cualquier mirada o gesto que nos hace avanzar en la dirección deseada.

Recuerdo perfectamente cuando hace unos diez años, mi marido puso un libro en mis manos y me invitó a leerlo: era el Diario de Etty Hillesum, que me marcó profundamente. Ése era el momento exacto en el que mi corazón necesitaba esa lectura, no antes ni después.

La programación para nuestro aprendizaje no la organizamos nosotros, se nos ofrece como el mejor regalo, en el momento justo.

Las riendas de nuestra vida no las llevamos nosotros, somos demasiado poca cosa en el universo, propiamente sólo somos admiradores, contempladores de lo que sucede, y el granito de arena que podemos aportar es el de nuestra gratitud y confianza, todo lo demás lo recibimos.

Se nos da el alimento cuando lo necesitamos: al igual que a los niños pequeños; nos llueven abrazos, caricias y también alguna corrección y alguna riña. Justo lo que nos hace falta para madurar y para completar nuestra formación como personas auténticas.

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