domingo, 5 de junio de 2011

Para ser feliz


Para ser feliz no hace falta nada extraordinario, sólo sentirte ahí dentro, en lo hondo, y saber que eres amado, que se te ha dado el regalo de la vida.

Con eso es suficiente para apreciar la belleza y el misterio de la creación en nuestro mismo centro.

Cuando ves con ojos nuevos, aprecias en todo: la proporción, el orden, la armonía, el ensamble perfecto, el tejido único de las relaciones humanas, el milagro repetido de cada amanecer, el latido compartido que supone la existencia universal.

Entonces puedes poner en su justo sitio los malos momentos y los egoísmos propios y ajenos, que ya no te van a arrebatar ese sentimiento íntimo de confianza, y esa seguridad en que todo va bien, a pesar de las situaciones sombrías que podamos atravesar.

La Vida, que nos ha dado un hueco en ella, tiene mucho más interés que nosotros en que todo tipo de conflicto se resuelva bien. Y se dedica a ello. Si miramos hacia atrás, vemos cómo se van solucionando nuestros problemas a lo largo de nuestra vida. Cómo lo que en su momento parecía torcido, tenía su sentido, y el resultado de todos los cruces de caminos es una increíble línea recta hacia nosotros mismos, hacia nuestro renacer.

Lo más intrigante del asunto es que nosotros no sabemos lo que nos conviene, no tenemos ni idea. Por eso mejor dejarlo en manos de la Vida, y aceptar lo que nos va dando en cada momento como lo absolutamente perfecto.

No sabemos la hora ni el instante en que se van a arreglar nuestros entuertos. No manejamos los tiempos, no conocemos los entresijos. No es ésa nuestra función. A ver cuándo caemos en la cuenta que somos unos “mandaos”, que se nos ha enviado aquí ciegos y con las alas rotas, sólo nuestro corazón se atreve a volar y a mirar alto, sólo nuestros deseos no tienen techo, por algo será.

Para ser feliz hay que vivir con confianza. Hay que fiarse de la vida y de todo aquel que encontramos en nuestro camino. Porque si cultivamos lo contrario, la desconfianza, nuestro corazón se estrecha, el aire se enrarece en nuestro interior, nuestro carácter se endurece y como resultado nos alejamos de nuestro fin primordial, que es ser unos seres humanos completos y felices.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias por ayudarme a ver mi felicidad interior que es la única verdadera.

Te quiero mamá.