miércoles, 4 de mayo de 2011

Somos espíritus


No tengamos miedo al espíritu. No tengamos reparo en decir que somos espirituales.

Durante muchos años y por supuesto también actualmente, se ha hecho la división entre materia y espíritu. La materia, está claro, es lo que vemos. El espíritu no está a la vista, se puede dudar de su existencia. Ésta es la dualidad a la que nos enfrentamos y en la que hemos sido educados.

Se ha dividido lo que sólo es uno. Se ha desgajado la esencia de las cosas, enfrentándola a su misma razón de ser. Materia y espíritu son una amalgama que no puede separar el más fino bisturí. Forman una sola cosa, y no tienen sentido por separado. No existe la bondad sin la persona, no existe la belleza sin la creación.

Somos espíritus, y nada más. Somos trascendencia, y anhelo, y búsqueda, y pozo sin fondo. Somos peregrinos encaminados a encontrarnos con nuestras raíces. Y sólo en contacto con ese fondo nos encontramos seguros, porque es nuestra esencia, que nos aguarda pacientemente.

Todos nuestros actos son sagrados porque no podemos dejar de estar relacionados con lo que no tiene nombre: a lo que llamamos Dios.

Las religiones sólo son importantes si nos dan más consciencia de Dios, de lo contrario no sirven para nada. Porque sólo importa todo lo que pueda abrirnos los ojos a su amorosa presencia.

“Hasta hace poco tiempo, las religiones –y en Occidente el cristianismo- ejercían una especie de monopolio sobre la espiritualidad, hasta el punto de que la espiritualidad remitía casi necesariamente a la religión y apenas se concebía que se pudiera ser espiritual al margen de las religiones.” (Juan Martín Velasco)

Somos seres espirituales, y estamos por encima de todas las religiones, de todos los ritos, las normas, las iniciaciones.

Para buscar nuestro Origen, contamos nada más y nada menos que con la misma Fuerza divina, que se presenta bajo el nombre de Amor, Amigo, Bondad, y aquí cada uno puede añadir su Nombre y su Apellido: porque somos Dios caminando sobre la tierra. Somos sus pies, sus manos, su corazón, su cuerpo.

Tan sólo con nuestra existencia ya hemos llegado a nuestra meta. Nada nos falta. Relajémonos.

Así lo decía Santa Teresa: “Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta.”

1 comentario:

Jesús López dijo...

Qué grata sorpresa encontrarme con este blog, con este artículo, contigo, con tus palabras y tu sentir.
No sé qué decir porque al leerlo parece que ya queda todo dicho. No hace falta añadir más palabras, sino elegir vivir, conscientemente, en la realidad que describes, que proclamas.
La plenitud que anhelamos ya la llevamos dentro, es cuestión de viajar a nuestro centro, al hogar interior, para habitar nuestro sitio, nuestra identidad.
Un abrazo.