domingo, 8 de mayo de 2011

Los que rezamos


Dios se queda mirando y se recrea en la persona que reza, a la que previamente le ha puesto las ganas, los gestos y las palabras para dirigirse a él.

Las personas que rezan son la boca orante de toda la tierra, de todo lo creado.

Cada uno reza con lo que tiene: los pájaros con sus cantos, las estrellas con su luz, las flores con su color, la naturaleza toda, con su presencia, los seres humanos con su ser conscientes y su deseo.

Las personas orantes, en las que me incluyo, estamos situadas a lo largo del planeta para recoger en nuestro corazón las ondas de energía positiva, y darles impulso hacia el infinito.

Todos los que en algún momento expresan belleza y bondad con su vida también son personas orantes, aún sin saberlo ellos, por ejemplo los pequeños o grandes creadores de obras: pintura, música, escritura.

Y también la multitud de personas que ponen su granito de arena a favor de su hermano necesitado, y aquí no nos pongamos a pensar en heroicidades sino en lo cotidiano, en atender al que tenemos cerca, en repartir sonrisas, en crear encuentros afectuosos.

Los orantes ponen voz y corazón en todo el universo porque la oración traspasa barreras y fronteras y se extiende como un susurro entre los cometas y las estrellas, para llegar hasta los rincones más alejados. Porque el espacio y el tiempo son enormes para nosotros pero son un suspiro dentro de nuestra Realidad.

Aquél que se encarga de nuestro nacimiento a la vida no olvida darnos un despertar íntimo: un 2º nacimiento a sentirnos criaturas.

Los que rezamos conscientemente y con gratitud, rozamos con nuestra existencia la meta de la felicidad. Podríamos responder al “Dios te lo pagará” con: “¡ya me lo ha pagado!”

Es extraordinario ver cómo siendo una partícula tan ínfima entre las galaxias tenemos el poder de “mover montañas”, despertar mundos, dar nuestra voz a la materia, poner nuestra fe e ilusión en lo que parece muerto.

Y todo eso sin movernos de nuestro sitio: desde nuestra casa y nuestro quehacer diario.

En realidad, no somos nosotros quienes rezamos, es la Fuente que nos acompaña la que hace brotar su agua por todas partes.

Y la fuerza nos viene de ella.

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