domingo, 15 de mayo de 2011

Engolosinar


Yo quiero engolosinar”, dice Santa Teresa de Jesús.

Con esas palabras tan sencillas, ¡cuánto expresa!

La alegría de creer es una auténtica golosina para el ser humano; no es aburrimiento, no es un “rollo”. Los grandes santos contagian a la gente con su entusiasmo, con su sencillez y su infinita confianza.

Lo mismo tenemos que hacer nosotros: mover los corazones de los que nos rodean, que sientan curiosidad, que levanten la vista y se pregunten qué pasa aquí, es decir, que les apetezca probar.

¿Cómo se puede engolosinar a nadie si íntimamente no sentimos ese regusto especial? ¿Cómo provocar llamaradas de ilusión en las personas indiferentes o desesperanzadas?

Yo también quiero engolosinar. Antes me han engolosinado a mí. A lo largo de mi vida puedo nombrar las personas que me han enseñado con su vida lo que a mí me gustaría ser.

Como un niño que va a un escaparate, he mirado todas las opciones y he dicho: yo quiero eso, ese comportamiento, esa alegría, ese “nosequé” mágico lo quiero para mí. Y entonces, con sólo desearlo, la vida antes o después lo pone en mi mano, porque previamente lo ha puesto en mis deseos.

Todo está bien medido, bien organizado. El problema es que nos creemos seres solitarios, dejados caer en el universo, sin más. Abandonados a su suerte.

Dice Santa Teresa continuamente: “Todo lo hace Dios”. Si dependiera de nosotros, no pasaríamos de simples mortales, de pequeños gusanos de seda encerrados en su egoísmo, pero tiene que morir el gusano para que nazca “el nosotros”, para que reine el amor, para eso vinimos.

Dios nos crea para amarnos y para servirnos, y esa también es nuestra única misión en esta vida: amar y servir.

El amor que circula entre los corazones pone las bases de nuestra propia interioridad. De nada sirve apartarnos del mundo y tener bellos pensamientos si no nos volcamos amorosamente en los demás.

En la medida en que amamos podemos contagiar, provocar ganas, engolosinar. Es nuestra relación con los demás la que manda, la que construye los cimientos de nuestro interior.

En resumen, engolosinar es enseñar a todos que tenemos un tesoro, una joya que hace que la vida tenga sentido pleno para nosotros. Y esto se hace normalmente sin palabras, sólo con nuestro actuar.

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