miércoles, 12 de enero de 2011

La vida, escuela de aprendizaje


Viviendo aprendemos a vivir. Igual que leyendo aprendemos a leer. No hay otra manera. Todo lo que la vida pone a nuestro alcance son enseñanzas, son indicaciones que, más o menos conscientemente, vamos aprovechando para andar nuestro camino.

Nada está de más en nuestra vida, ni está de menos. Nada es secundario. El plan divino es increíblemente perfecto y estamos dentro de él.

A veces sólo nos hace falta darnos cuenta de las cosas, ni cambiar, ni ser diferentes, ni transformarnos en superhéroes. Sólo abrir los ojos.

“El que no nace de nuevo no puede ver” (Juan 3). Un poco complicado nacer dos veces. Es una manera sencilla de decir que hay que dejarse parir otra vez, con una vez no basta. Este segundo alumbramiento nos hace falta para ser personas en profundidad, para saborear el Ser que nos habita.

La vida es comadrona también de partos espirituales, nos pone la desazón en nuestro corazón y la sed en nuestros labios, nos empuja a dejar de mirarnos el ombligo, para explorar en el horizonte infinito, para interpelar a todo lo humano y lo divino.

La vida es madre sabia y amorosa. No nos lleva por caminos equivocados, no nos mete en callejones sin salida.

Sin embargo, nos creemos muchas veces que estamos solos y vivimos la angustia de la desesperación y el vacío. Quizá es necesario que pasemos por esos estados de ánimo para poder encontrar la puerta de nuestra interioridad auténtica que nos conduce a la paz, que siempre nos espera.

No necesitamos nada más que lo que tenemos, porque ya navegamos en aguas de amor. Es lógico que seamos impacientes, porque es dulce la luz que descubrimos en nuestras profundidades. Y es natural que seamos agradecidos, porque todo se nos da, como un regalo.

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