domingo, 26 de septiembre de 2010

Como hormiguitas


Ayer estuve mirando la calle desde un edificio alto, la gente al pasar se veía muy pequeña, como hormiguitas. Y me dio por pensar cuántos serían felices, cuántos no. Me imaginé que la mayoría irían cargados de sufrimientos, de preocupaciones, de cosas por resolver, de quebraderos de cabeza.

Porque empleamos la mayor parte de nuestro tiempo en sufrir, da igual que tengamos nuestras necesidades básicas cubiertas o que no las tengamos.

La felicidad no va en proporción directa a la cantidad de bienestar económico, social y personal que tengas, es decir no el que es más rico sufre menos y el que es más pobre sufre más. No tiene nada que ver con esto.

Es la confianza ante los acontecimientos, el sabernos “en buenas manos”, lo que hace que la gente se desmarque un poco de ese sufrimiento “obligatorio” que nos espera al nacer.

Conozco muchos chicos africanos, indios, marroquíes, a los que enseño nuestro idioma, que viven sin presupuesto, sin sueldo, sin dinero en el bolsillo, con falta de alimentos, de mantas, de comodidades, y que tienen lejísimos a sus seres más queridos. Y no son las personas más desgraciadas que conozco. En general, son personas alegres, dignas, respetuosas, entrañables, que sólo cuando yo les pregunto me cuentan sus problemas económicos. Pero no están asqueados de la vida, ni rebotados.

Piensan que todo está en las manos de Alguien, y se conforman con lo que ese alguien les envía, y le dan gracias por todo, por lo bueno y por lo malo. Es otra mentalidad.

Sólo el sentimiento de calma y de confianza ante la Vida nos puede liberar algún rato de la acumulación de tensiones que nos supone el día a día. Sí, tendemos a ponernos nerviosos, por naderías muchas veces, por insignificancias.

Para poder salir de tantos momentos de agobio y cerrazón hay que pararse y hacer una pequeña reflexión: ¿de verdad por esto merece la pena que yo esté así?

Como me decía una amiga: “Con lo que mi marido se preocupa y está pendiente de mí, y yo me cabreo porque no me ha traído la clase de tomates que le pedía.” Hay que darle valor a lo que realmente lo tiene, y no montar “escenas histéricas” por cosas sin importancia.

Cuando abandonamos las discusiones sin fundamento, y a cada instante somos defensores de nuestra estabilidad, conseguiremos un espacio interior confortable: es la paz que se instala de nuevo en nuestro mismo centro.

Entonces, seguiremos siendo hormiguitas, pero cargadas de agradecimiento.

Y sentiremos que vale la pena vivir.

4 comentarios:

Carmen dijo...

¡Qué razón tienes! Yo ya hace algún tiempo que lo practico, y me funciona muy bien aunque a veces cuesta.
Soy fiel seguidora de tus escritos. ¡Sigue así!
Besos.
Carmen

Anónimo dijo...

Quiero ser hormiguita cargada de paz, amor, alegría y agradecimiento.

GRACIAS MAMÁ.

su chico dijo...

Pues hablando de trabajo de hormiguita, aquí estoy; que lo prometido es deuda
Mi horario ya es definitivo
Podría echar una mano miércoles y jueves por la mañana (digamos de 9 a 13 h); lunes, martes y viernes por la tarde (digamos de 4, 5... a 9)
Puedo dar clase de electricidad básica, ofimática, ciencias; lo que dispongais, a vuestra disposición.
Un saludo,
al + mc

Anónimo dijo...

Quién mejor para escribir esto que mi hormiguita favorita!! Te sigo leyendo para no echarte de menos.
Besos, hormiguita.