domingo, 4 de septiembre de 2016

Troncos a la deriva



“Conviértete en la celebración de tu singular expresión y deja de disculparte. Enamórate de este desorden perfectamente divino y repleto de humanidad que eres. No hay aquí ninguna autoridad y tampoco hay manera de que eches a perder nada. Así que echa todo a perder.” (Jeff Foster).
La suerte está echada. Ya tenemos una edad u otra y ya cargamos con un pasado a las espaldas. Ya nos peleamos con las sombras que nos envuelven, lo que quiere decir que estamos vivos.
Nuestras creencias nos marcan: hacer algo para obtener los cielos. Sin embargo, Jesús nos dice que ese Reino ya está en nosotros. Es la luz que nos levanta de la tierra, nos hace caminar y se queda con nosotros.
Yo no tengo tanto protagonismo o tanto poder como para estropear el orden y la perfección de la vida, en cambio tengo el acceso por completo abierto a contemplar y admirar la belleza de todas las cosas creadas. De haber nacido todo son ventajas.
Los pensamientos y los sentimientos nos llevan en una u otra dirección, nos dicen cómo tenemos que sentirnos, nos zarandean hacia la tristeza o la alegría. Pero ellos no mandan, son una parte más de la persona. Escuché que son como los troncos que lleva la corriente del rio, hay que mirarlos pasar y dejarlos ir, con benevolencia, sin rechazo.
Saber que los pensamientos negativos (“soy un fracasado”, “no sirvo para nada”), igual que vienen se van, también la euforia aparece y desaparece. Somos muy vulnerables a todo lo que pasa por ese rio, pero también podemos ponernos en la posición de aquel que observa su ir y venir, para que no nos arrastren suscorrientes pasajeras.
Entonces qué es lo esencial: que somos algo más, somos seres amados y no podemos dejar de serlo. Lo principal es ese sello de amor infinito con el que hemos nacido. Y eso no lo puede alterar ningún tronco a la deriva. Es lo único que permanece inalterable, es nuestro hogar verdadero, nuestra estabilidad.
Ese es el Reino que anunció Jesús.

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