domingo, 9 de agosto de 2015

Nunca podremos entender



Nunca podremos entender. Imposible saber el qué, el cómo, el porqué, el cuándo. Eso nos está vetado, y es lo que más deseamos, averiguar el sentido de esta existencia. Cada vez tengo más claro que lo único que está a nuestro alcance es confiar, sin más, sin certezas, sin agarraderos artificiales ni pruebas que nos garanticen que estamos en lo cierto.
Confiar desde el regalo de la fe, que no es poco. Y ayudarnos unos a otros, como el samaritano ayuda al herido con entrega total y desinteresada. Porque es ese gesto de ayuda al prójimo el que hace más visible a ese Dios que buscamos incesantemente.
“El prójimo tiende a estar en la cuneta del camino que yo recorro. Me refiero al camino de mis intereses, de mis gustos, de mis ideas. El prójimo está lejos, aunque esté ahí mismo, a dos pasos. Es difícil de aceptar y soportar”. (Alessandro Pronzato).
Ese ser egocéntrico dominador que llevamos dentro es el que nos impide acceder a los demás. Yo, yo y yo, parece que digamos a toda hora. Esa actitud nos cierra las puertas de la generosidad, tan necesaria para el encuentro verdadero con el otro.
Primero, dejar a un lado nuestro endiosamiento personal. Después, acudir al encuentro de aquellos con los que compartimos sueños, dudas, victorias, fracasos. En una palabra, humanidad.
En nuestra entrega y cercanía vamos a encontrar respuestas a los interrogantes que nos acompañan siempre. De esa manera, veremos la luz en la tiniebla y, aún sin entender, seremos más felices.

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