miércoles, 8 de abril de 2015

Tal como sucede



Dice Eckhart Tolle: “La transformación de la conciencia humana es aceptar este momento como si lo hubieses elegido, porque el universo ha producido la forma de este momento. No puede ser otra cosa, porque ES.”
Aceptar lo que nos sucede como si lo hubiéramos elegido. Está claro que hay cosas que sí hubiéramos elegido y otras que no.
Si no aceptas o no estás alineado con la realidad parece que pierdes demasiada energía en presentar resistencia, en quejarte, en protestar o verbalizar en negativo tu vida.
Cuando los grandes santos nos dicen que “todo está bien”, parece que están diciendo lo mismo que Tolle, todo lo que sucede es perfecto para ti.
Tengo la duda de dónde quedan las adversidades de la vida, las catástrofes, las persecuciones, las injusticias, los problemas reales que existen para tantas mujeres y hombres sobre la tierra.
Contaba un prisionero que estando en la cárcel a punto de ser fusilado tuvo una experiencia mística de gozo infinito, en ese momento recordó que había una cosilla que le podía incomodar y es que estaban a punto de llevárselo para fusilarlo. Pensó que eso era nada comparado con la dicha que estaba experimentando.
Ya sé que eso es un ejemplo extremo, que la probabilidad de que suceda es escasa, pero nos da la pauta de lo que es importante y lo que es accesorio, de dónde debemos estar centrados.
Lo más grave que nos puede suceder, lo que no aceptamos jamás, es precisamente la muerte. Tampoco estamos de acuerdo con el deterioro y la enfermedad. O sea que no estamos de acuerdo con la misma vida, que lleva todo eso consigo.
A medida que cumplimos años miramos las cosas con más sabiduría, eso es lo que nos hace saborear lo más sencillo: la vida tal como es. Es lo que nos da una nueva conciencia, y nos hace ver que todo lo que necesitamos lo tenemos.
La única diferencia entre unas situaciones y otras es nuestra actitud personal, eso es lo que hace que partiendo de una misma realidad construyamos mundos diferentes.
Hablando en términos cristianos, solo con la cruz llegamos a la luz, a nuestro cielo, es decir, solo aceptando nuestra debilidad y nuestras circunstancias, por adversas que sean.
Nada podemos hacer al margen de nosotros mismos: tenemos un cuerpo, a través de él sentimos, tenemos una familia, un trabajo, una vida personal y social. Solo ahí alcanzamos la vida plena, bendiciendo y abrazando nuestra realidad, tal como sucede.

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