miércoles, 29 de abril de 2015

Calidad de oración


La oración requiere estar a la escucha, hacer silencio de egoísmos, hacer callar a nuestro yo acostumbrado a mandar y a creerse superior. La actitud y la calidad es esencial, más que la cantidad, por supuesto.

También es importante estar vigilantes y atentos, porque la oración no son solo los minutos en que yo me aíslo y pronuncio unas palabras sino que la llevo conmigo a lo largo del día y en todas las cosas que hago.

Atentos sobre todo para no perder ninguna ocasión de dar gracias. Y aquí incluimos todo: agradecer la comida, ducha caliente, agua en el grifo, techo sobre nuestras cabezas, amigo sol que viene cada día para que podamos vivir, lluvia tan necesaria, así como la sobreabundancia de cosas de las que disfrutamos y nunca agradecemos, incluidos todos los objetos. No dar las cosas por hecho sino verlo todo como un auténtico regalo que se nos da para que nuestra vida sea posible.

Vivir en continuo agradecimiento nos da una plenitud gozosa que engancha y ya no la queremos perder. Porque agradeciendo tocamos nuestra parte más íntima y humana.

Hacer una reverencia ante este universo, esta naturaleza, esta vida que nos habita. Por tanta belleza a la vista.

Eso es la oración, ir recogiendo las huellas, las señales de una presencia amorosa que vive para nosotros y se manifiesta a través de todo. 

Esa es nuestra misión diaria, sea cual sea nuestra ocupación o lo que estemos haciendo.

Entonces podremos entonar el salmo 94: “Entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. Venid, arrodillémonos delante del Señor, pues él nos hizo. Él es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo”.

Cuidemos ese diálogo interior tan importante, que se va a traducir en una actitud de confianza y seguimiento. Y se ve reflejado en todas las circunstancias de nuestra vida.

Gracias a esa oración ponemos a punto nuestro radar personal para ser conscientes de todos los detalles amorosos que la madre vida tiene con nosotros y para que no pasen desapercibidas tantas bendiciones, tantos milagros.

Podemos decir que somos seres poderosos, no por nosotros mismos sino por la buena energía que nos levanta de la tierra y nos hace caminar y nos enseña a agradecer. Los grandes santos son los que han experimentado esa fuerza y se ponen al servicio de ella.

Una buena calidad de oración nos da otra manera de vivir.

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