miércoles, 30 de marzo de 2011

Redescubrirse como hijos


Cuáles son las características propias de los hijos pequeños:

-Ser amados, deseados, mimados, consentidos. Ser mirados con ternura extrema.

-Tener a su disposición la vida de sus padres, con la certeza de que estos van a emplear su vida para cuidarles y hacerlo lo mejor posible, dentro de sus posibilidades.

-Ser mirados con extrema benevolencia, donde los demás ven faltas, los padres tienen una venda puesta en los ojos, en cambio las cosas buenas las ven multiplicadas al infinito.

-Ser dependientes. No pueden hacer nada por sí solos. Tienen todo por aprender. Los padres les enseñan las cosas básicas, desde comer, caminar, hasta relacionarse con los demás.

-Los bebés no tienen sentido del peligro, pero el padre/la madre no le quita ojo, se desvive para que no tenga ningún contratiempo.

Se pueden decir más características, pero ya es suficiente para hacer una comparación con la relación Hijo/Padre Dios.

La vida de nuestro Padre está para nosotros, a nuestra disposición, para cuidarnos y facilitarnos las cosas.

Somos mirados con bondad: hagamos lo que hagamos. Podemos sentirnos mimados por la vida, y descubrir que Dios presume de nosotros, como cualquier buen padre.

Somos dependientes: nuestro Padre, a través de todos los acontecimientos de nuestra vida, nos enseña, nos forma. Qué bueno darse cuenta de todo lo que vamos recibiendo. A veces tiene que pasar toda una vida para llegar al agradecimiento y a la alegría íntima de sentirse hijos.

La única realidad absoluta es el amor del Padre que vive en los hijos y que resurge en ellos como amor a los hermanos. Podemos vivir desvinculados de este amor, incluso negándolo, pero no lo podemos destruir, existe para nosotros incondicionalmente. Nuestro Padre-Amor siempre está a nuestro servicio.

Por eso, tenemos asegurado el aprendizaje de todo lo que nos hace falta para ser personas completas.

La Vida nunca se olvida de ayudarnos, somos su bebé, su hijo amado, su “ojito derecho.”

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