miércoles, 1 de septiembre de 2010

Ser esclavo


El que quiera ser importante entre vosotros, sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero, sea vuestro esclavo. (Mateo 20)

¿No es preferible, si yo quiero ser bien aceptada, y presumir de buena persona, responsable y honesta, que me ponga a hacer campaña de otra manera?
Si me pongo a servir a todos, van a pensar que no estoy bien de la cabeza, o que me las doy de adelantada o de solidaria.
Haga lo que haga, si me salgo de los esquemas rígidos de nuestra “equilibrada” sociedad, me pongo el cartel de bicho extraño.

¡Un poco exagerado este Jesús de Nazaret! Una persona que vivía con los dos pies en otra dimensión y enseñaba a todos los que se le acercaban, con entusiasmo, y decía cosas que, ni entonces ni ahora, se pueden entender bien.
Nos cuesta ver la frescura de su vida, la locura de su entrega, la alegría de su corazón, la sencillez de sus palabras.

Él, junto a otros grandes maestros, nos dice que si quieres ser persona humana importante, tienes que servir, tanto como lo haría un esclavo. Es decir, sin pedir explicaciones, sin ser respondón, sin pretender llevar las riendas de lo que sucede. Estar al servicio del que está a nuestro lado en cada momento.

Obedecer a la vida, que es sabia y nos va indicando en cada recodo a quién nos toca ayudar. Considerarse a uno mismo en último lugar, y ponernos a servir a la divinidad en todas sus manifestaciones: amigos, acontecimientos, imprevistos. Sin esperar paga, ni reconocimiento. Es nuestro trabajo, para eso hemos venido, para servir a nuestro dueño/a, que sabe lo que nos conviene y nos lo da. (Sería preferible quitarle los atributos masculinos y femeninos, pero lo vemos todo más claro con los parámetros humanos).
Nuestra existencia tiene un componente de locura inexplicable y de suprema ignorancia. Bien está que se nos recuerde cuál es el patrón de conducta que más sentido tiene para nosotros: estar siempre al servicio del otro. Es la única manera de no perder el rumbo.

Cuando sirves a los demás, das un granito de arena y, en el mismo momento, recibes como una montaña rodante sobre tu persona, es decir, infinitamente más.
No hay equilibrio en este intercambio, la interrelación es desproporcionada.
Es algo misterioso, pero real. Que hay que vivirlo para saberlo.

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