miércoles, 25 de agosto de 2010

La luz nos alumbra


Al igual que la corriente eléctrica pasa por los cables y los aparatos dándoles vida, también por todos nuestros órganos y acontecimientos pasa la luz-sabiduría que necesitamos para vivir; no la vemos, como el pez no ve el agua, pero nos envuelve, nos alimenta, y nos da la fuerza necesaria en cada momento.
Se podría decir que esa luz y esa fuerza están desigualmente repartidas, pero cuando uno anda lo hace por el que no anda, cuando a uno se le ha dado más potencia de luz, es para repartirla y ponerla al servicio de todo el mundo.
Siempre esperamos ver lo extraordinario, lo asombroso, lo que nos deje boquiabiertos. Nos gustan las emociones fuertes, las cosas impactantes, no le damos importancia a lo sencillo, y nos pasamos la vida esperando un milagro.
Y lo auténticamente milagroso está en lo más rutinario, en lo que pasa por nuestro lado sin hacer ruido, sin levantar polvareda.
En despertarnos por las mañanas, en caminar y sonreír, en sentir regusto en lo que hacemos o dejamos de hacer. En respirar, sin más.
Propongo un ejercicio: decir gracias, interiormente, cientos de veces al cabo del día. Si somos capaces de hacerlo, sintiéndolo, la alegría se instalará en nuestro corazón y habremos conseguido el mayor de los milagros: convertirnos en seres humanos agradecidos.
Cuando a cada paso sientes ganas de dar gracias, se puede decir que has entrado en otra órbita: la de los que se sienten íntimamente llenos, amados, privilegiados, felices. De los que piensan que la vida es un regalo por el que hay que expresar agradecimiento por toda la eternidad.
Es esa misma corriente bienhechora que entra en cada respiración la que nos impulsa a ser agradecidos.
Lo más extraordinario ocurre en nosotros a cada instante. La “electricidad-vida” nos invade sin que seamos conscientes de ella.
Quizá la llave más sencilla para acceder a esa consciencia sea repetir como una letanía: ¡gracias, gracias, gracias!

1 comentario:

Anónimo dijo...

GRACIAS MAMA