Puedo vivir dentro de una frase, incluso de una palabra, porque las palabras tienen poderes y magia. Ellas nos dan sentido y nos protegen.
“Cuando me hablabas, yo devoraba tus palabras, ellas eran la dicha y la alegría de mi corazón, porque yo te pertenezco.” (Jer 15,16). Me encanta devorar palabras, masticarlas, sacarles el sabor, hasta sentir cómo el corazón se me ensancha y no cabe dentro de mí. Esa es una de las grandes experiencias humanas que se me ha dado, y que está al alcance de todos: saber o saborear, que tienen la misma raíz (sapere).
El poeta León Felipe nos habla de remojar la palabra divina y de humedecerla con nuestra propia saliva y con nuestra sangre, para hacer revivir los versículos quietos y paralíticos con el ritmo de nuestro corazón. Cuando la palabra se incorpora a nosotros deja de ser letra muerta, le damos vida y entonces adquiere sentido pleno. Por eso, orar tiene sentido si lo hacemos desde la fe y el convencimiento.
La palabra amor contiene dentro todo el universo. Sin duda, es la palabra más grande. También tienen mucho peso otras palabras, como: abrazo, perdón, amigo, hermano.
La palabra espíritu nos habla del aire que se nos metió o insufló dentro para empezar a vivir. Qué emoción despierta y qué trascendente ese instante creador, continuado en el presente de nuestras vidas.
La palabra luz siempre nos alumbra. Y con la palabra confianza comenzamos a caminar, sin ella estamos estancados.
Benditas palabras, que nos acompañan y en las que nos apoyamos, porque son nuestras aliadas.

1 comentario:
Las palabras son poderosas, porque generalmente, comunican nuestro sentir y no nos traen el sentir de otros. Otras veces ocultan y nos escondemos detrás de ellas. Hay que usarlas con amor y prudencia. Gracias Conchi.
Publicar un comentario