“Yo creo la luz y la oscuridad,
produzco el bienestar y la desgracia. Yo, el Señor, hago todas estas cosas” (Is 45,7).
Es difícil entender la vida, con todo el sufrimiento que lleva incorporado.
La belleza y perfección de todo lo creado junto a la dureza del mal, de la
enfermedad, del sufrimiento. Cómo armonizar esos extremos.
Leí que cualquier mal es penúltimo, no tiene la última palabra, porque de
él es posible sacar enseñanzas y mayor profundidad. Esto tiene que ver con la
resiliencia: que es la capacidad propia de los humanos para superar el dolor y
el sufrimiento de cualquier situación adversa.
Llevamos en nosotros el potencial y la creatividad necesaria para remontar
todo tipo de dificultades.
No estamos abandonados a nuestra suerte, formamos parte de un todo armónico
que no se olvida de nosotros.
La luz y la oscuridad conviven en nosotros, vamos de la una a la otra,
entre esos dos polos nos movemos. Mejor que en ese juego de luces y sombras nos
olvidemos de nuestros egocentrismos y nos abandonemos en abrazo confiado y
consciente.
Siempre queremos agarrarnos a seguridades para dejar a un lado la inquietud
sobre qué pasará, cómo acabará esta peregrinación terrestre a la que hemos sido
llamados. Nuestra mente tiene recursos psicológicos suficientes para
tranquilizarnos e incluso aletargarnos. Y es en los momentos de más oscuridad
cuando desaparecen todas las tablas de salvación a las que nos habíamos
sujetado y quedamos angustiados, sin protección. Ese es el terreno para la
confianza total, sin asideros, para entregarnos y decir: aquí estoy, no
entiendo nada pero confío en ti.
Quizá pensamos que cuando nos suceden cosas malas o cuando sufrimos es que
hemos sido abandonados a nuestra suerte. Es justo lo contrario: cuando más
necesitamos ayuda, más la tenemos. Es esencial estar atentos a esa ayuda, hay
que aprender a reconocerla y agradecerla.
Hugo Mújica: “Conocernos es una entrega no un saberse, es soltarnos y
descubrir que no nos hundimos, que estuvimos siempre sostenidos”.
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