domingo, 22 de enero de 2017

El milagro de nacer

Porque necesitamos calor, salimos de un cálido vientre. Porque necesitamos agarrarnos a la vida, nacemos con el instinto de succionar y alimentarnos. Porque necesitamos cariño, nuestra misma piel está adaptada para disfrutar de mimos y caricias.
Cada bebé que nace es un milagro, de fragilidad y de fuerza. Es una realidad y también es una promesa.
Es la prueba viviente de un pacto de amor, por el que Dios mismo vuelve a nacer en cada uno, porque Dios mismo nace y muere con todos nosotros.
El corazón se derrama en ondas generosas de ternura ante cada criatura que nace. Después la vida nos llevará por diferentes caminos y pruebas, y ese milagro primero se nos olvida, pero conviene recordarlo para no estar indiferentes o lejanos al misterio mágico del que procedemos.
Siempre somos ese bebé que nace, necesitado de todo, frágil, indefenso anhelante de caricias y, a la vez, confiado, receptivo, agradecido.
Por muchas capas que nos pongamos encima, por muchas costras que acumulemos, el bebé que somos está intacto, palpitante, lleno de inocencia.
Un nuevo miembro hay en mi familia, una alegría de las que desbordan el corazón y nos dejan sin palabras ante el milagro que supone cada nacimiento.

Desde aquí doy las gracias por este bebé que ha nacido y con su sola presencia nos ayuda a toda su familia a sacar lo mejor que hay en cada ser humano: el amor.

2 comentarios:

José María Simón dijo...

Enhorabuena por la criatura que ha sido regalada a tu hija y te inspira estas palabras

Unknown dijo...

Es asombro acoger al que nace,claro que si,ante ese acto de amor se abren los cielos y es la Unión entre la divinidad y lo terrenal.Enhorabuena, conchi