domingo, 19 de junio de 2016

Sin miedos



Dijo Krishnamurti en una de sus conferencias: “¿Desean conocer mi secreto? No me importa lo que pueda suceder”. Eso también se puede llamar: desasimiento, desapego.
Los grandes maestros nos abren caminos, a veces inalcanzables pero nos indican la dirección que debemos seguir.
Lo que nos pasa es que estamos atados a todo, al pasado, a los deseos, al qué dirán, a los proyectos, a las tradiciones y creencias. No somos libres.
Nos importa mucho lo que piensen de nosotros, nos encontramos a menudo actuando con el comportamiento que otros esperan, por eso tenemos tantas caras como grupos en los que estamos insertos.
Nuestras alas para volar no se pueden desplegar porque tropiezan con muchos impedimentos, entre otros: los orgullos y susceptibilidades, los rencores y enfados.
Y si nos sentimos maltratados y humillados es que hemos caído en la trampa tendida por nosotros mismos porque nadie puede ser humillado si no lo consiente él mismo.
La faena es nuestra: desprendernos de todo lo que tenemos y lo que somos. Volar hasta la orilla del misterio divino y desde allí contemplar nuestra vida con otra mirada. Desde ahí nos importa mucho menos todo lo que pueda suceder porque sabemos que todo va a estar bien, pase lo que pase. Eso nos da la tranquilidad que necesitamos para vivir y saborear.
Es curioso saber que en la Biblia se nos dice casi 400 veces: “No tengas miedo”. Ese no poder remontar el vuelo ni vivir en plenitud tiene mucho que ver con nuestros miedos.
Actuamos movidos por reconocimientos o por miedos, porque lo que piensan los demás nos ata.
Entre ese “no me importa lo que pueda suceder” y estar angustiado absolutamente por todo, hay una distancia. Son dos extremos.
Un extremo es un ideal a alcanzar, el otro es una prisión de la que huir, porque en ella se malvive. Y no hay que olvidar que en este caminar hacia la meta siempre tenemos todas las ayudas, hay que aprender a verlas.

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