domingo, 3 de abril de 2016

Hijo amado



“Dios en su infinita misericordia me trae de lo alto el sol de un nuevo día, para iluminar mi más profunda oscuridad, para dirigir mis pasos por un camino de paz.” (Lc 1,79)
Es fácil caer en la desesperanza y la angustia, si miro mis propias fuerzas, mi fragilidad y limitaciones, y si pienso que todo depende de lo que yo haga.
Ante la tentación del desánimo, en cada paso que doy mi fe me pide dar el salto a la confianza, que precisamente consiste en creer firmemente que el sol de un nuevo día está ya alumbrando mi oscuridad y encaminándome por sendas de paz. Gratuitamente. Generosamente. Tanto si me doy cuenta como si no, así sucede.
Aquel que tiene fe es así de valiente. Tiene una venda en los ojos, pero una luz cálida en el corazón, una fuente de ternura que le hace estar en la vida de otra manera.
Se siente hijo agradecido y hermano de todos. Para eso viene Jesús, para recordarnos con su vida y con su palabra que, al igual que él, todos pertenecemos a la categoría de Hijo amado y estamos en íntima comunión con el Padre, somos Uno con él. Es decir, también somos Padre.
Se ve claramente en la escena del hijo pródigo. Podemos identificarnos con el hijo que vuelve, o con el que no se ha marchado, también con el padre que acoge. Todos los personajes forman parte de nuestra persona y se manifiestan en uno u otro momento, como aspectos de nuestra manera de ser.
Como Hija amada que soy siento la ternura del Padre/Madre en mi mismo centro vital, es la que me hace cuidar amorosamente a los más cercanos y a todo aquel que me encuentre. Siempre con buena disposición y brazos abiertos.
Como Hija, Madre y Padre, me inclino ante el maravilloso misterio de la Vida.

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