miércoles, 27 de abril de 2016

Aprender a vivir



Cuando leo que “no somos los buscadores sino los buscados”, algo sucede en mí. Mi vida se pone de repente al revés, patas arriba, se me alteran los esquemas.
Para ponerlo en términos humanos y más comprensibles para mí, siento como si un huésped poderoso y bueno se dedicase por entero a mí, a sanear mis cimientos, airear mi terreno, limpiar mis espacios y quitarme los miedos.
Me busca y se ocupa de mí desde siempre, yo cuando me entero de su cuidado y su llamada, solo tengo que decirle: aquí estoy, como hizo Samuel. No es un discurso muy largo el mío. No tengo que sacarme de la manga una lista de quejas, de peticiones o de buenas intenciones, porque cuando te busca el mismo Amor, sabes que ya lo tienes todo y has llegado a la meta.
La vida se nos va en palabras, preocupaciones y planes. También en esperas, que nos alejan de este infinito amoroso, que siempre sucede ahora mismo.
Ese “aquí estoy” pronunciado por mí significa: me doy cuenta, veo todo lo que estás haciendo por mí, veo tu cariño, la caricia que me envías a través de todos los mensajeros que de tu parte me aman.
También significa: te amo con el mismo amor que me das, porque no hay otro.
De esta manera, conscientemente, me voy convirtiendo en la persona que realmente soy. Dice Dürckheim: “La rosa no se construye en función de un ideal personal o colectivo. Se convierte en lo que es. Lo mismo le sucede a la persona en camino, se convierte en aquella que Es.”
De un modo natural, a base de sufrimientos y alegrías humanas, voy alcanzando mi ser auténtico, para eso he iniciado este camino.
Aprender a vivir es el más largo aprendizaje, dura toda la vida. Y además es una increíble y apasionante travesía entre dos orillas.

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