miércoles, 20 de abril de 2016

A plena luz



M. Delbrêl: “Ser islotes de residencia divina. Hacer un lugar para Dios. Creer de parte del mundo, esperar para el mundo y amar para el mundo.”
Hay que aclarar que la residencia divina no es patrimonio de unos pocos sino de todos, todos somos esos pequeños islotes, lo que puede variar es la mayor o menor consciencia de esa realidad amorosa en la que nos movemos.
No somos islotes cerrados porque creemos y esperamos desde y para el mundo. Desde nuestro pequeño espacio acercar lo divino a todo lo que tocamos, y que lo que tocamos nos lleve a la trascendencia.
Somos nosotros los que tenemos que abrir espacios bien oxigenados de bondad y ternura para que circulen libremente las buenas corrientes de la tierra, que son curativas.
Abrazar el mundo, y de su parte declararnos amigos de la humanidad y dar un paso al frente por encima de los obstáculos que nos quieren hacer creer que no hay nada que hacer.
El amor es poderoso y es nuestra única arma en esta batalla peculiar que es el transcurrir de los días. Esto hay que traducirlo en pequeños actos cotidianos sin olvidarnos de bendecir y abrir la puerta a lo que va llegando. Sin quejas ni protestas, sí con actitud positiva, que es sanadora.
Nuestros errores forman parte de nosotros, si los rechazamos no estamos completos. No importa cuántas veces fallemos y fracasemos, somos islotes llenos de luz y avanzamos en la historia humana y personal como testigos y como enamorados.
Esa visión enamorada nos hace falta para apreciar y saborear tantas cosas y para disculpar tantas otras. Porque solo el que está enamorado tiene la locura necesaria para arriesgar por el amado, arrimar el hombro generosamente y consolar sin límites.
Me siento parte ilusionada en esa historia de pareja: la Vida y yo, que vamos de la mano, nos miramos hondo y tierno, y hacemos el amor a plena luz.

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