miércoles, 30 de marzo de 2016

Semillas encendidas



Si no me gusta lo que cosecho, algo tendré que cambiar de lo que estoy sembrando. Todo está en mí, la buena y la mala semilla.
Si quiero obtener armonía y paz, tendré que cultivar la serenidad, el perdón, el encuentro amistoso, el desapego, el buen humor. Es decir, lo contrario del egoísmo, el orgullo, la envidia, la ira.
La siembra no siempre da fruto al instante, puede tardar años en crecer esa florecilla que tanto deseábamos, pero el fruto siempre sale. Incluso salen semillas que no las hemos plantado nosotros pero tenemos el terreno abonado para recogerlas y saborearlas.
Por eso tenemos tanto que agradecer, porque un viento divino y misterioso esparce las semillas de bondad a lo largo de todos los tiempos, dentro de todos los espacios. Una sonrisa plantada en una tierra puede dar su fruto en la otra parte del mundo o en el siguiente siglo.
Las buenas energías se propagan sin que nada las detenga. Nuestra misión es estar abiertos a todo lo bueno que el aire nos trae, atentos a los detalles de ternura que recibimos, a la caricia de la vida en nuestro corazón. Y para eso tenemos que estar situados en el sagrado presente: ahora es la única realidad, todo lo que puedo pensar del futuro son elucubraciones e irrealidades.
Todas las buenas semillas las tenemos a nuestra disposición en este momento. Hay muchas acciones en las que participamos: sembrar, agradecer, abrir puertas, escuchar, curar, cosechar. Todas conjugadas en presente, ahora siembro, ahora agradezco...
Ahora abro mi puerta, que es mi vida tal como se me presenta, al misterio que me acoge y me va regalando semillas encendidas que me quitan lastres y ataduras y me dan libertad para amar, siempre y en cualquier circunstancia.

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