miércoles, 9 de marzo de 2016

Hagamos fiesta



“Mirad, voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis? Trazaré un camino en el desierto, senderos en la estepa. Para dar de beber a mi pueblo, a mi elegido, el pueblo que yo constituí para que proclamara mi alabanza.” (Isaías 43).
Somos desierto, es la imagen que mejor nos expresa, por eso vamos desorientados, confusos. Ignoramos cuál es el mejor camino y el cansancio siempre quiere instalarse en nosotros. Pero algo brota ahora mismo en todos los corazones, y se nos da a beber el agua que nuestra fuente sabe que necesitamos.
Se nos olvida a menudo que esa fuente en la que nos movemos, de la que formamos parte, ya sabe lo que nos pasa, lo que nos falta, lo que necesitamos, lo que más nos gusta, lo que más tememos. Sabe de nuestros defectillos y manías, también de nuestros sueños y esperanzas.
Entonces, por qué preocuparnos. La vida no es una prueba donde se nos espera al final del camino para dictar sentencia, como se enseñó en otro tiempo. La vida es un acto de amor infinito y nada más. Y nada menos.
Por eso, hagamos fiesta, cada día. Ahora. Este tiempo de celebración nos conecta con el propósito de la vida y nos hace estar conscientes del privilegio de estar aquí.
Hay un escrito de Teresa de Calcuta que dice: “El día más bello: Hoy.” Y no tiene nada que ver con que hoy me haya ido bien o mal, sino que hoy estoy mantenida en la existencia por una decisión que no tiene nada que ver con mi comportamiento. Es gratuita, se me da sin que yo tenga que hacer nada. Esto me quita una carga de tensión que me había sido añadida por las creencias aprendidas y me da libertad para agradecer siempre, para saborearlo y celebrarlo todo.
En nuestra fiesta no debe faltar el abrazo al más necesitado, junto con la armonía y la alabanza.

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