domingo, 3 de enero de 2016

En este año



La Palabra divina es muy certera. Este es el primer consejo que me da en este año recién estrenado: “Siéntate en silencio, métete en la oscuridad. Ahora te voy a anunciar cosas nuevas, cosas secretas que no conocías, cosas creadas ahora.” (Isaías 40, 47).
Parece que estas indicaciones van a contracorriente de lo que se lleva, que es el bullicio y el estar eufórico por decreto, el consumismo y la diversión a tope.
En medio de tanto júbilo y algarabía que trae el nuevo año, me pide silencio, meterme dentro y me anuncia algo creado ahora mismo. Me aconseja cosas muy sencillas: calla y observa tu interior, algo nuevo te espera dentro.
Yo, que bebo de esa Palabra, me dispongo al silencio y me alegro por anticipado de esos secretos compartidos que voy a saborear.
Mi corazón necesita eso, es lo que me hace dar saltos de gozo en la intimidad de mi ser.
Solo deseo una cosa: que mi actitud sea propicia para ver nacer esa novedad que se me anuncia. En esa actitud tengo que trabajar y formarme, poco a poco, tengo toda la vida que se me conceda para ello, con la fuerza que me presta mi Espíritu, el que se encarga de mí y lleva mi caso.
En este año que se inicia lo tengo todo por hacer y a la vez todo hecho. Parece contradictorio, pero no lo es. Yo nunca voy a poder conseguir nada, porque las cosas no dependen de mí, el universo tiene su propio ritmo. Todo está hecho, yo me aplicaré en ayudar al que tengo a mi lado, además de saborear y recoger pequeñas migajas de felicidad. Es suficiente para una persona humana sobre la tierra.
Mientras tanto, que mi casa esté abierta, que mi corazón no tenga puertas, que la vida encuentre su cobijo en mí, que mi carne sea transparente, y que mi alfarero disponga mi barro a su antojo.

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