miércoles, 16 de diciembre de 2015

Humanos



Hay unos seres con un corazón diminuto y un cerebro blando, interrogador y exigente, que se levantan de la tierra y se creen dueños y son déspotas.
Hay un camino que ha sido creado para cada uno de ellos, solo tienen que buscar el regalo de la confianza depositado en su interior y pronunciar un sí, entonces brota como algo mágico la alegría que parecía dormida, y empiezan a saborear, tocar, agradecer, vivir.
Si esos seres son auténticos, si son ellos mismos y buscan el bien, todos los obstáculos se hacen humo. Son seres pequeños pero poderosos si se alían con la fuerza creadora que es su esencia.
Una y otra vez la vida les da infinitas oportunidades para aprender y ser conscientes del regalo recibido.
A esos seres les sobran cosas, tanto materiales como añadidos que se les han ido pegando a la piel y que no les dejan transpirar bien, les impiden esa bendición primaria, que es la de sentirse vivos y libres.
Parece un contrasentido, pero hay seres vivos que caminan como muertos. Qué podemos hacer para recuperar a tantos que se han quedado contemplando su propio ombligo y no ven más allá. Qué debemos hacer.
Qué puedo hacer yo, sabiendo que estoy entre esos corazones errantes y, como ellos, no distingo bien el horizonte infinito.
Depositar mi ternura en el suelo que piso, y lanzar al aire mis buenos deseos, será mi manera solidaria de situarme junto a los que son igual que yo. Trabajaré en mí misma para otros, es mi único terreno. Daré y gastaré mi vida para ellos. Acumularé energías favorables que bloqueen tormentas a su paso.
Hasta llegar a armonizar mi vida y todas las vidas con la única luz que nos alimenta.

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