domingo, 29 de noviembre de 2015

Todo lo que tenía para vivir



La viuda pobre del Evangelio echa en el platillo todo lo que tenía para vivir.
Con esa imagen no solo se está refiriendo al dinero sino a todo lo que somos y poseemos, nuestros dones. Si andamos racaneando y con mediocridades echaremos en el platillo de la vida apenas un poco de nuestra energía e ilusión. Pero también se puede vivir “echando el resto”, a tope. Poniendo en la balanza todo lo que se posee.
Entregar nuestras riquezas interiores y capacidades, con la certeza de que no nos pertenecen, de que están ahí para compartirlas y ponerlas al servicio de los demás.
No podemos ir a medias en la vida, si queremos saborearla en los pequeños detalles, desde cerca. Mejor vivir la película que no que nos la cuenten. Y para ello hay que estar cerca del que más lo necesita.
Estamos inmersos en la cultura del descarte, descartamos no solo los objetos sino a las personas. “Lo que no deja, déjalo”. El que no es productivo queda marginado.
Hay un cambio de perspectiva cuando vemos el mundo y el universo no como una “cosa” sino como una manifestación de generosidad divina.
Al entender que todo es regalo, San Ignacio de Loyola encuentra en esta oración las palabras justas que expresan lo dicho anteriormente:
“Toma, Señor y recibe
toda mi libertad, mi memoria,
mi entendimiento
y toda mi voluntad,
todo mi haber y mi poseer.
Tú me lo diste,
a ti, Señor, lo torno.
Todo es tuyo.
Dispón de todo según tu voluntad.
Dame tu amor y tu gracia,
que esta me basta.”

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