domingo, 21 de junio de 2015

La misión formativa



Dice Marcos Garnica, claretiano: “La misión formativa es un servicio al Reino de Dios. Un servicio que requiere convicción esperanzada, mística y profecía, docilidad y testimonio, apertura y alegría.”
Formarnos, en el ámbito que sea, es un servicio al Reino.
Esa formación se da a lo largo de la vida, en la etapa escolar, en el área laboral y profesional, en grupo, a través de lecturas, de encuentros y amistades.
Requiere convicción esperanzada, es el convencimiento de que todo va a ir bien, firmeza en la fe y en la esperanza. Esa actitud nuestra es la que más nos ayuda y en medio de las dificultades nos acerca paso a paso a la serenidad tan necesaria.
Mística y profecía: ver la propia vida a la luz de Dios. Nosotros somos sus servidores. Le prestamos nuestras manos, pies, corazón, voz. Eso es ser profetas.
Docilidad y testimonio. Docilidad no es resignación sino aceptación y entrega amorosa a lo que nos va viniendo. Conscientes de que en lo que sucede hay una voluntad de transformarnos y hacernos avanzar hacia un mayor crecimiento personal.
Apertura y alegría. La meta siempre es la alegría. A medida que nos enteramos de que somos amados y bendecidos por el sencillo hecho de existir nos ponemos en disposición de acceder a esa alegría íntima, esa dicha que habita en nuestro corazón y que nos pertenece desde toda la eternidad.
Repito con el salmista: “Puse mi esperanza en el Señor y él se inclinó para escuchar mis gritos. Afirmó mis pies sobre una roca, dio firmeza a mis pisadas. Hizo brotar de mis labios un nuevo canto de alabanza a nuestro Dios.     

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