miércoles, 5 de mayo de 2010

Dios es mi lugar


Dios es mi lugar. Todos los días me despierto y me duermo en él. Todo me sucede dentro de él. Tanto si rezo como si no rezo, si amo como si no amo, existo en Dios. No puedo existir en ningún otro sitio, porque no hay más sitios.


La evolución del cosmos así como la de mi estrella interior, ocurre dentro del corazón divino.

El Misterio me ha creado persona dentro de él.

Dios me llama a la vida, me alimenta, me hace crecer a lo ancho y a lo hondo, y con una serie ininterrumpida de ayudas, con una cadena de diminutos milagros, me va abriendo los ojos a mi realidad que es su realidad, a mi interior que es su casa.

En algún sitio he leído: “nada sabremos de Dios mientras no lo aprendamos en nosotros mismos”.


Mi cuerpo es su recipiente, del mismo modo que lo es la mariposa o la montaña, o el sol. Mi respiración es el aliento mismo de la divinidad, mi ración diaria, la que necesito en cada momento. Y mis sentidos son su puerta de entrada.

Antes de despertarme ya están cuidadosamente colocadas las mil casualidades que componen mi jornada, preparadas estratégicamente para que yo dirija mi mirada en profundidad a mí mismo y a cuanto me rodea, para que me haga consciente de mi lugar divino.


Dios es el castillo que habito, es mi bosque encantado, es mi país mágico.

Que esa magia se haga visible y salga a la luz del día, es el paraíso soñado y buscado por toda criatura, es el mayor prodigio, es la plenitud de la vida. Para eso hemos nacido, para que tengamos alegría y que nuestra alegría sea completa. (Juan 15, 11)


“Cada una de mis fibras lleva la huella de mi Bienamado

Por cada partícula de mi cuerpo habla mi Bienamado

Yo soy como un arpa apoyada en su pecho

Y mi queja la producen los dedos del Bienamado.” (Rumi)

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